¿Para qué necesitamos conservar la biodiversidad?
-->>[ARCA] [23/04/10 | 20:16 h.] En estos tiempos, cuando nuestros camaleónicos políticos pasan de «desarrollistas» a «ecologistas», las grandes empresas de «productivas» a «verdes» y los medios de comunicación nos bombardean con lemas y campañas vacuas acerca del cambio climático, la eficiencia energética, el desarrollo sostenible…, el ciudadano tiene la impresión de que no es más que gatopardismo (que todo cambie para que nada cambie) y obedece a intereses electoralistas o publicitarios para promover el consumo y elevar las ventas.
Entre esta confusión, aparece un viejo conocido: la extinción de especies: ¡Salvemos las ballenas! ¡Rescatemos al oso panda! ¡Que no muera el último tigre! Pero, ¿sabemos realmente qué es la biodiversidad o la conservación de la vida silvestre? ¿Para que sirve una selva si no se tala, un terreno si no se cultiva o construye, un mar si no se pesca?
La desaparición de los hábitats naturales, la extinción de especies, la destrucción de recursos naturales y la alteración de los procesos ecológicos claves para el mantenimiento de la vida, conforman lo que entendemos como «pérdida de biodiversidad», un problema prioritario al que se enfrenta la humanidad y que afecta a nuestro bienestar presente y futuro, como han puesto de manifiesto las sucesivas Conferencias de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo.
Desde finales del siglo XIX la pérdida de diversidad biológica se ha ido acelerando sin freno alguno y los biólogos ni siquiera son capaces de estimar la magnitud del desastre, pues sencillamente solo están inventariadas menos del 10% de las especies. Es decir, muchas desaparecen sin que ni siquiera lo sepamos, ni lo sabremos nunca.
«El éxito demográfico humano ha conducido al mundo a esta crisis de biodiversidad». Los seres humanos se han hecho cien veces más numerosos que cualquier otro animal terrestre de tamaño comparable en la historia de la vida. Nos apropiamos de 20-40% de la energía solar captada en forma de materia orgánica por las plantas terrestres. No hay ninguna manera de que podemos servirnos de los recursos del planeta sin reducir drásticamente el estado de la mayoría de las demás especies.
Pero, además, los países ricos se encuentran en regiones con menor diversidad mientras que los pobres, agobiados por la superpoblación y el escaso desarrollo científico, cuentan con las mayores riquezas biológicas. Resulta irónico pensar que si la Revolución Industrial hubiera surgido en los trópicos, ahora tendríamos muy poca biodiversidad que salvar.
¿Pero qué supone la pérdida de biodiversidad? Vamos a ver solo algunos ejemplos. En una humilde planta de Madagascar, la Vincapervinca rosada (Catharanthus roseus), se han descubierto dos alcaloides (vinblastina y vincristina) capaces de curar a la mayor parte de los enfermos de leucemia linfocítica infantil y linfoma de Hodgkin, dos cánceres mortales. La fabricación y venta de estas sustancias produce 180 millones de dólares anuales. Sin embargo, otra Vincapervinca (Catharanthus coriaceus) se encuentra al borde de la extinción por la roturación de tierras para la agricultura.
Un animal invertebrado y chupador de sangre, la sanguijuela, produce un potente anticoagulante, llamado hirudina, muy útil contra hemorroides, reumatismo, trombosis y contusiones.
Estos son solo dos pequeños ejemplos. La mayor parte de los medicamentos proceden de sustancias producidas por organismos vivos, como los antibioticos (hongos), L-Dopa contra la enfermedad de Parkinson (Mucuna deeringiana), digitoxina contra los ataques de corazón (Digitalis purpurea), timol como antifúngico (Tomillo), aspirina (Filipendula ulmaria) o cafeína (Camellia sinensis), entre otros muchos ejemplos.
De unas 220.000 especies de plantas conocidas, solo 5000 han sido investigadas en busca de sustancias farmacéuticas, es decir, menos del 3%.
Otro buen ejemplo son nuestros alimentos básicos. De 30.000 vegetales comestibles, solo 7000 han sido utilizados por el hombre en tiempos históricos, 20 soportan el 90% de la alimentación mundial actualmente y tres constituyen el 50% de nuestra base alimentaria (trigo, maíz y arroz). Además, estos últimos se obtienen en enormes monocultivos muy sensibles a plagas y enfermedades. Tan solo consumimos una docena de frutas diferentes (manzana, naranja, fresa, etc.) y en los trópicos la cifra se eleva a unas 200. Sin embargo, se calcula que existen, al menos, 3000 árboles y arbustos productores de frutos comestibles. ¿Por qué soportamos semejante subutilización de alimentos? No como resultado de nuestra elección sino descubiertos accidentalmente en el Neolítico, hace unos 10.000 años.
Del mismo modo, la ganadería se basa en unos pocos animales (vacas, caballos, ovejas, cerdos) domesticados durante el Neolítico, mal adaptados a la mayoría de los climas del mundo y, con frecuencia, muy destructivos en los hábitats naturales. No se han explorado las posibilidades de criar otras muchas especies en sus propios ambientes naturales.
Más aún, el 90% del pescado que se come en todo el mundo procede de la pesca extractiva, muy destructiva cuando se practica de manera industrial y que está conduciendo a la extinción o rarefacción de muchos peces comerciales. Esto resulta más sorprendente si se tiene en cuenta que existen técnicas de acuicultura plenamente desarrolladas, pero de nuevo tan solo se cultivan unas 300 especies y, casi la totalidad de la producción, son carpas y tilapias; mientras que se conocen unas 18.000 especies de peces, sin contar mariscos (moluscos y crustáceos).
Toda esta homogeneidad biológica significa vulnerabilidad y la pureza del linaje o la raza no es más que menor resistencia a enfermedades y competidores. En La India se han llegado a cultivar 30.000 variedades de arroz, mientras que en la actualidad no llegan a diez las más frecuentes. En los años 1970 un virus arrasó con las cosechas de arroz de todo el Sudeste asiático, condenando al hambre a millones de personas. Después de ensayar entre 6723 tipos silvestres distintos de arroz, se encontró uno que, cruzado con el arroz de cultivo, dio lugar a un híbrido resistente.
Hoy en día, con un avanzado desarrollo tecnológico y científico, la industria tiene la capacidad de aumentar la productividad al tiempo que se protege la diversidad biológica. En esto consiste la investigación y el desarrollo real que debe acometerse sin más dilación.
Se podría seguir poniendo mucho más ejemplos que demuestran el colosal error que supone la destrucción de las especies y los ecosistemas naturales. Muchas personas piensan que la naturaleza es fuerte y ya ha superado otras crisis anteriores, que el ser humano no es capaz de alterar de manera irreversible los procesos básicos para la vida. Pero eso no es cierto, como también es una falacia que hay recursos para todos y el problema es que están mal repartidos. Con una población mundial en crecimiento descontrolado, con mejoras sustanciales (y deseables) de la alimentación, higiene y asistencia médica en muchos países, el Mundo pasará de 6000 millones de habitantes a 8500 en el año 2025 y a 10000-15000 millones alrededor del 2050. Esto significa una presión descomunal y difícilmente soportable para los recursos naturales. El control de la natalidad es urgente e inexcusable.
Resulta necesario un cambio de estrategia, debemos pasar de la creación de reservas protegidas a la manera de «santuarios», a unas prácticas sostenibles que hagan compatibles el rendimiento económico con la preservación de la vida silvestre y de las comunidades humanas.
Brevemente, es posible sintetizar las actuaciones necesarias en cinco puntos básicos:
• Estudiar la fauna y la flora mundiales
• Crear riqueza a partir del aprovechamiento de las especies
• Promover un desarrollo sostenible
• Conservar lo que queda
• Restaurar las tierras salvajes
«La responsabilidad moral del gobierno en la conservación de la biodiversidad es similar a la que tiene en lo concerniente a la salud pública y a la defensa militar».
NOTA: Recomendamos la lectura del libro «La Diversidad de la Vida» de Edward O. Wilson, reconocido biólogo y divulgador científico, editado en España por Crítica en 1994, del cual se han extraído este artículo.
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