Abandonos
-->>[Diagonal] [05/08/08 | 15:28 h.] El auge que ha experimentado en los últimos años la tenencia de animales de compañía no ha ido acompañado de la sensibilización de la población humana en este campo.
NACHO MODINOS. REDACCIÓN
La irresponsabilidad, la falta de previsión o la cosificación de estos seres vivos como meros juguetes o herramientas son las principales causas de los abandonos. El número de animales en esta situación es tal que ya no nos enfrentamos solamente a un conflicto ético, sino también de gestión del problema. De ahí que se hayan promulgado leyes –como la Ley de Cantabria 3/1992 de Protección de los Animales– que sancionan estas acciones. No obstante su aplicación es manifiestamente ineficaz. Ante un abandono, si el animal está identificado, sus responsables esgrimen excusas como "se me escapó". Por lo que el animal es devuelto para volver a abandonarse a la primera de cambio. Además, a los que aparecen muertos, víctimas de atropello en la mayoría de los casos, sólo se los intenta identificar cuando han provocado un accidente o si media una denuncia por los daños ocasionados.
Gestión municipal
En esta ley se contempla la obligación de los ayuntamientos de disponer de instalaciones para su recogida. Estas instalaciones no existen y las entidades locales recurren a contratar los servicios de empresas privadas, acabando los animales en perreras municipales donde son sacrificados a los diez días sin hacer ninguna investigación del caso.
Según la protectora Patas: "Esto no es un problema que se reduzca a la época estival ya que son infinitas las causas –mudanzas, aburrimiento, un mordisco, separaciones conyugales, envejecimiento del animal o del propietario…–. Los números son desbordantes." Sólo en Cantabria en 2007, según los datos de ingresos en perreras y protectoras, hubo más de 4.000 abandonos, mientras que las adopciones no llegaron a 500. Esto es una estimación que queda extremadamente corta si se contabilizan los aparecidos muertos en cunetas, ríos y vertederos o los sacrificados por sus propietarios. Estas cifras, para una población humana en torno al medio millón, son disparatadas. Las perreras y protectoras se hallan sobresaturadas.
No hay forma de encontrar salidas y los responsables de algunas de estas instalaciones buscan soluciones más allá de las campañas de esterilización o los cuidados de los animales recogidos gracias a las aportaciones económicas de particulares y el trabajo de voluntarios.
Entre ellas cabe mencionar su envío a países como Suiza o Alemania donde, además de encontrar una mayor sensibilidad social, las leyes intentan paliar el problema prohibiendo su comercio en tiendas, propiciando de paso las adopciones y la valoración de razas mestizas. Todas estas estrategias resultan insuficientes. Se requerirían normativas más específicas y medios suficientes para su aplicación pero, sobre todo, una mayor conciencia por parte de los humanos.
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